jueves, 12 de octubre de 2017

La consagración de la primavera






 
Ahora, cuando me vienes a decir que entre nosotros
la distancia es un camino que conduce a otro tiempo
y donde ya no quedan flores ni guirnaldas para Apolo,
la tentación del arrepentimiento es una variación manierista
de una mala traducción de un poema latino:
quizás la burda imitación de Persio
o tal vez una defectuosa paráfrasis de Juvenal.

En todo caso, donde el placer dibujó nuestros nombres,
yace un motivo floral que es símbolo de un presente
que deseó perpetuarse gracias a la imaginación de la sangre.
Pero tras todos esos fantasmas eruditos, para nosotros
sólo sobrevive la reticencia de lo imprevisto esculpiendo
su signo áureo y solitario: en la pérdida se ama lo perdido
y en el delirio del instante, el espejismo de la felicidad.

Así, mientras sigue circulando el precio de los días
y el depósito del sentido mengua sus activos
con cada noticia anunciando calamidades diversas,
la evocación arcádica de tus labios y tu sonrisa maliciosa
presuponen la legibilidad de otro relato,
uno apenas contado entre bastidores y donde el ritmo de la piel
y el afable azar del tacto, marcaban el ritual
consagratorio de una estación diferente: un ballet oscuro, algo salvaje,
abundante y sin propósito, similar a un centelleo de luz
confirmando el goce inacabado de todo vértigo

Ahora que entre nosotros la distancia es un camino
que conduce a la imagen de otro tiempo
y que ha capitulado a las ordalías del reconocimiento,
a la pequeña cotidianidad de las catástrofes personales
y a las soluciones prescritas por el motivo recurrente de la edad,
toda respuesta consolatoria hace de Boecio y Montaigne
un baluarte opaco que confirma sin dramatismo
que nos encontramos en otro episodio de una comedia risible y melancólica.
Mientras vamos de lugar en lugar,
aplazando el óxido del olvido con la tibieza de la noche
la primavera adolece de todo principio:
siendo todavía agosto, el agua disuelve nuestras siluetas
y los días aún retienen esa humedad que rehúsa asumir su transformación.

lunes, 9 de octubre de 2017

Arte Mayor



Tal vez no se trata de esquivar la distancia
entre lo que deseamos decir y lo que decimos realmente;
esa distancia que vuelve fecunda la contradicción
como imposibilidad de unir actos y palabras: el cuerpo herido por lo real,
la elusión permanente del signo agotado en su fiebre fin de siecle ,
la oscuridad dorada que fustiga todo pastiche modernista o de vanguardia.

Lo que se abre, se vuelve a cerrar,
la paradoja entre el poema escrito y su lectura, el descrédito
de cualquier rumor que semeje algún augurio y el fracaso
del discurso que pone en peligro nuestra estabilidad psíquica
-exilio, suicidio, locura- Artaud citado por estudiantes de postgrado
o una taxonomía del dolor que abarca espacios inconmensurables;
posibilidad e imposibilidad, la cicatriz de Ulises que redunda
en una falta de memoria, la impotencia del significado
o el lujo verbal de cualquier caligrama pasado de moda.

Tal vez no se trata de esquivar la distancia
y renunciar simplemente a la imagen y su sentido,
a las maniobras de una escritura desierta cuando el bosque ha sido talado,
el verano agoniza y los símbolos del amor son paráfrasis de usura.
Tal vez lo que hace y deshace al poema –su crisis, su asfixia- es la pérdida
de contacto con la conciencia: sólo nubarrones magallánicos,
la mirada extraviada, la inconsistencia de recursos léxicos
cuando migajas de experiencia son embotelladas en el corsé del lenguaje:
un silencio como fruta madura e indigesta.

Entre lo que deseamos decir y lo que decimos realmente
no hay conciliación: sólo lucha armada, ojos trasnochados y enrojecidos,
la piel humeante de sacrificios inútiles, la expresión subjetiva secuestrada como documento,
la euforia salvaje de lo que se asume como políticamente correcto,
el desvanecimiento de la acción en el vapor avinagrado de las conveniencias.

Mientras tanto, Pentecostés es un fragmento de infancia
recordado como una vieja ceremonia en una parroquia de provincia.

sábado, 23 de septiembre de 2017

Luis Oyarzún reflexiona antes de escribir en su Diario




Estas palabras no son mejores que otras
pero es lo que tengo como única oportunidad
para saber de mí mismo.
Lo escrito en estas páginas sólo demuestra
que no ha habido tiempo feliz sin retribución
y que la enfermedad, el dolor y el recuerdo
son nombres recurrentes para una idéntica vivencia.
Tal vez un joven olvido que cruza entre mis ojos puede traer
la presencia anterior de un perfume etéreo
como si en él existiese la posibilidad de rescatar horas perdidas
que mi cuerpo cansado entrevió como anhelo o sabor terrestre.
Pero la desilusión predice mi mirada
y señala el cuarto donde noche a noche
mi sangre transparenta la humedad de su propia extrañeza.

Me siguen los presagios –meras suposiciones
pero igualmente, gestos dispuestos para mi paulatino silencio-
las advertencias de la desazón, la maraña de los días
y el pavor insólito que jadea en mis manos
cuando deseo abrir el cofre de esas cartas que guardan una infancia ajena.
Sólo sé que el aire nocturno me ha dado su bienvenida
y que en ese reino, tocar un cuerpo es convertir el rechazo
en una indiferencia equivalente al miedo;
esa aventura sigilosa donde las escamas de la luz
hieren manos, ojos y rostro
semejando la cruel respiración de un agonizante.

A veces hay algo en la memoria que se pasea en peligro,
algo que no responde a la fidelidad de la escritura
como esa niebla extraña que permea toda exaltación
o cristaliza la esterilidad que sentimos detrás de las puertas.
Pero sé que no son mejores que otras estas palabras:
azarosas, dispuestas en el tráfago de hacer aparecer un guijarro,
una molestia antigua, el esplendor de ese paisaje
que mi piel palpó de cerca convertida en polvo o lluvia:
antecedentes, datos, fragmentos de la vida que escapan
a dirección incierta tras la certeza de saberse habitando
esta pequeña y maravillosa finitud.

Quizás debo sentir con más imaginación
o leer con mayor prestancia y pureza
la respiración de las rocas, la serenidad de las aves en el cielo
o la densidad melancólica de los árboles nocturnos.
Mientras me quemo en estas páginas,
sé que el mundo sigue su curso sin necesidad de mi presencia.

jueves, 31 de agosto de 2017

Apunte sobre un poema de Ennio Moltedo

 
En la poesía de Ennio Moltedo siempre es sugestivo ver de qué forma se articula la subjetividad. Y si bien esa articulación puede rastrearse en sinnúmero de poemas y con variantes temporales y estilísticos disímiles, vuelvo una y otra veza pensar que adquiere una fuerza y hondura expresiva muy específica en buena parte de los poemas que integran Concreto Azul (1967). Advertir de qué manera el concepto de experiencia facilita o permite aquella aprehensión, posibilitando, además, que en esta “obra” sea apreciada un arraigo que hace de lo urbano un punto de fuga que se evidencie más allá de la descripción naturalista, en pos de un tanteo imaginativo que posee a la memoria y sus mecanismos como sostenedores de su expresión, me parece un desafío lector lleno de posibilidades. Ver cómo esa expresión formalizada como poema en prosa, mostraría el afán narrativo y fundacional de la experiencia en el marco de una subjetividad cambiante y autoconsciente de su crisis, ciertamente no es nada de raro en la poesía de Moltedo: en ella se modula una memoria activa para nada nostálgica, una fragmentación de imágenes al servicio del desentrañamiento de un ahora, en absoluto un ilustración de una pérdida remota. Esto quizás conlleva a plantear el modo o la forma en que se operativiza retoricamente en la poesía de Moltedo y en especial en Concreto Azul, esa manera de decir que adquiere una configuración muy específica en tanto poema en prosa. Y en este sentido, es que este género como género exploratorio e híbrido posibilita una adecuación retórica de la narración que la vuelve la expectativa misma de relatar esa experiencia en la medida que ofrece una manera de entender el poema como un “relato sincrético” de imágenes, vivencias, objetos y lugares. El poema como “rescate” de experiencias primigenias, como un intento de transmitir al lector la vivencia perceptiva “de la primera vez”, la “primera mirada”, en un esfuerzo ver el poema como el relato que recibe su primacía inicial de entusiasmo y asombro. En general, cruza a Concreto Azul una atmósfera narrativa que va configurando sus elementos con cosas tomadas en el proceso de observación que el sujeto va teniendo al recorrer y recordar lugares y situaciones de la vivencia urbana, pero nunca de modo unilateral, es decir, nunca estableciendo las coordenadas definitivas de su sentido, abriendo siempre orificios impensados de significado que se filtran en la manera misma del poema, ya sea una imagen, ya sea un objeto, ya sea una palabra que sirve de leit-motiv y que organiza buena parte del enunciado: es como si en la narración del poema se volviera patente el asombro que nos desea transmitir esa sensación de “primera vez”: una primera vez justificada y legitimada por un mirar y por un deambular, como si se nos deseara transmitir en esta poesía la experiencia de colocarnos frente nuestro a los objetos que nombra, evoca y enumera. En aquel sentido, varios son los poemas que aluden respecto de esto la referencia a una especie de nombrar mágico que, en toda su potencia simbólica, se encuentran llenos de sugerencia. Pienso, ahora, en un poema como “Frente al mar” que, me parece, permite apreciar una genial síntesis entre descripción espacial y reflexión metapoética, síntesis que hace de la experiencia su punto equidistante para comprender el “ahora” más allá de cualquier queja alienada, o también para comprender la relación entre las cosas que el sujeto advierte en su devaneo en la periferia de lo urbano. Dice el poema:
Frente al mar
a Hugo Zambelli
Frente al mar he visto cosas poco comunes; por ejemplo, en pleno invierno, un alcatraz gigante, parado en medio de la playa, solo, y con los brazos cruzados sobre el pecho. Al acercarnos , el pájaro nos dio la espalda y comenzó a correr por la playa desierta; primero lentamente, con dificultad, luego más rápido, hasta alivianar su peso con las alas; hasta elevarse con gracia y perderse en el cielo


Este pequo poema en prosa es un desafío interpretativo: en primer término, el sujeto que enuncia acompañado por alguien, deambula por la playa en donde presencian el espectáculo de un ave -el alcatraz- que pesadamente levante vuelo hasta lograr su verdadera plenitud en el despliegue de sus aptitudes en el cielo. Si bien es un poema en apariencia, meramente descriptivo, su complejidad, entre otras cosas, radica en el intertexto al que hace alusión, pero no pasivamente, sino como respuesta y hasta como desafío. Ese intertexto es el poema “El albatros” de Baudelaire. Ahora bien, debemos tener presente que en ese poema, del autor francés el ave que evoca representa o se compara con el poeta con la intensión de transmitir como se siente frente al mundo que lo rodea, ese mundo que él puede ver de una manera diferente a como lo ven los humanos (marineros en el poema). Una manera más objetiva mientras solitariamente observa a estos hombres en su tristeza y desdichas. Para lograr esta representación el autor hace uso de dos figuras poéticas: en el verso 8 dice: ''Sus grandes alas blancas abaten tristemente como remos que arrastran sus cuerpos pegados''. Esta es una comparación entre las alas y los remos ya que estos no sirven en un lugar diferente a donde son utilizados normalmente. Al decir esto se muestra cómo el poeta se siente inútil si no se encuentra en su ''ambiente'' donde puede ser él mismo sin miedos ni angustias hacia los marineros que, en este caso, representan a la humanidad que se dedica a destruir lentamente el mundo que estos dos comparten con errores e ignorancia. El paralelismo sinonímico se hace presente en los versos 9-10 en los cuales se repite la misma idea para resaltar que cuando estos animales son bajados del cielo se tornan en seres débiles y tristes. En lo fundamental, el poema de Baudelaire es un texto que reflexiona acerca del lugar del poeta en la sociedad moderna, su incapacidad para emprender el vuelo y su relación problemática para con sus semejantes, con la sociedad en general. En Moltedo, en cambio, no hay una queja, ni una admonición: hay más bien un espíritu de curiosidad ante el evento que implica encontrarse en un espacio urbano -una playa porteña, al borde del la vía férrea- a un animal que torpemente jadea entre sus alas para querer escabullirse. Pero en ningún momento hay una relación menesterosa con el animal. El sujeto del poema observa entre compasivo y admirado la tenacidad del ave que al ser correteada por él y por su acompañante, emprende el vuelo, logrando su plena gracia de alas extendidas en ese viaje que lo llevará a otras latitudes. Varias cosas pueden desprenderse de esto. En primer lugar, el espacio -la playa- como analogía de un espacio de posibilidad, está al borde o en la periferia de lo urbano, pero circunscrito a su ley. No en vano es una playa no de recreación, ni de turismo, es una playa de esas que se encuentran en el arrabal de la ciudad. En segundo término, ese mismo espacio, habitado o más bien, cruzado en andas por el sujeto, su acompañante y el alcatraz, representan muy probablemente, por analogía, un mismo tipo de sujeto emparentado, es decir, existe la posibilidad que sea un sujeto desdoblado que se contempla a sí mismo en el ave que corretea en la arena y que se identifica con su gracia en el vuelo. En tercer término ese sujeto, que puede desdoblarse, es un sujeto que reflexiona acerca de sí mismo al evocar en la gracia voladora del animal, la gracia misma que él en tanto ser terrestre, ha perdido, pero que respecto a la relación establecida entre la necesidad y la libertad encarnada en la búsqueda hacia el aire, hacia el cielo, muestra un modo diferente de plantearse ante esa convocatoria terrestre de la periferia, pues en pleno vuelo, el ave será capaz de contemplarlo todo. En un poema como éste, apreciamos que la experiencia es restituida a pesar de la precariedad, en la posibilidad que implica la poesía. De esta forma es posible vislumbrar el despliegue de la experiencia: evoca y rememora más que lamenta o anhela. Ahora bien, este “mundo de la posibilidad” no es dócil con el quiebre de su propia crisis debido, primordialmente, a la arremetida de lo histórico como violencia, cosa ésta, sin duda, que implica replantear la validez de la percepción experiencial anterior –ya no puede ser, ya no es posible indagarla o preguntar por su “lugar”-, porque ya no es dable sostenerla en cuanto utopía presencial nacida del asombro. En la poesía que Moltedo escribirá posteriormente a partir de 1980, aquello se agudizará más y más.


sábado, 8 de julio de 2017

La Nueva Novela de Juan Luis Martínez o el desafío del contratexto


Leer bien es constatar al texto, ser equivalente al texto, una “equivalencia” que contiene los elementos cruciales de respuesta y de responsabilidad. Leer bien es participar en una reciprocidad responsable con el libro que se lee, es embarcarse en un intercambio total. Leer bien es ser leídos por lo que leemos. Es ser equivalente al libro. Así, el gesto ceremonioso de fijar la mirada, abre a ésta no sólo a la posibilidad de un sentido que se desliza múltiple en sus coordenadas, sino que implica, entre otras muchas cosas, un motivo de verdadera cortesía donde se ritualiza el desafío tanto de la imaginación como a su vez las sutiles, explícitas y necesarias estrategias que emplea la memoria para representar el encuentro con la presencia que anima el acto mismo que guía nuestros ojos y nuestros labios.
Hace aproximadamente tres semanas, Patricio González de ediciones Altazor y miembro de la Fundación Juan Luis Martínez, se contactó conmigo para invitarme a participar de esta presentación. Más allá de mi reticencia inicial -no soy especialista en la obra de Martínez, a lo sumo un admirador y un lector en ciernes- el motivo no pudo sino dejarme perplejo y despertar en mí una ineludible curiosidad: una nueva edición de carácter facsimilar de La Nueva Novela, pero esta vez reproduciendo las notas, observaciones y eventuales correcciones y comentarios que, producto de la mano del propio Martínez, surcan los márgenes y los intersticios de un ejemplar que, según tengo entendido, escapó al escrutinio de su obra y que vino a ser descubierto recién a principios de este año. Cuando Patricio me relataba por teléfono las características de dichas anotaciones, trataba de imaginar por un lado el diseño de la grafía en cuestión y sus particularidades: ¿acaso eran meras correcciones de eventuales erratas? ¿acaso tarjados de imágenes, palabras o números? ¿inclusión acaso de otros textos a modo de apostillas? ¿acaso una mera recorreción a que cualquier autor obseso con su escritura somete lo suyo cuando esto adquiere el frágil cariz de lo definitivo luego de haber sido publicado? Por otro lado, imaginaba y sospechaba si acaso en este súbito descubrimiento, como en las notas y observaciones que surcan el texto, no habría ciertamente un desliz más sutil de la ironía suprema de Martínez al incitar nuestra imaginación a constatar que La Nueva Novela tal como la que hemos conocido, no era en verdad La Nueva Novela, sino un borrador -lujoso, canonizado, objeto de culto, lectura y exégesis tremenda, pero borrador al fin- de otra Nueva Novela por leer y descubrir y que aguardaba su edición pasados ya más de veinte años desde el fallecimiento de Martínez y cuarenta desde su primera edición. Es difícil calibrar esos pensamientos cuando te comunican por teléfono cosas de un modo semejante. No niego que por un instante mi perplejidad derivó hacia un vértigo parecido, quizás, al de Borges cuando baja al subterráneo de la casa de Argentino Daneri y contempla por vez primera el Aleph y su prodigiosa simultaneidad de todas las cosas del mundo, reales o imaginarias y que, a cualquiera, sin duda, aturdiría.
Por eso, pasados algunos días y ya en posesión de un ejemplar de esta nueva edición de La Nueva Novela, el examinarla supera cualquier expectativa. Es en verdad un texto anotado con profusión. Las notas, observaciones, apostillas y comentarios, plasmadas tanto en el margen de las páginas, como en los intersticios del cuerpo principal del texto o de sus imágenes, lo complejiza y densifica y se presta para las más alucinantes especulaciones. La intervención manuscrita va desde una simple y aislada palabra que complementa o sugiere algo alrededor de un cuerpo de texto más amplio, hasta grandes glosas que se desprenden al pie de la página o a su costado convirtiéndose en verdaderos contratextos que no se limitan a ser asumidos como meros comentarios, sino más bien, como más que posibles aperturas de sentido que, me parece, invitan a ampliar, contradecir, corroborar o replantear lo que ese mismo cuerpo de texto manifiesta. Sin duda que las consecuencias hermenéuticas de todo esto están todavía por verse. En un estado tan inicial de recepción como éste, no puede calibrarse aún hasta dónde las interpretaciones que han habido de La Nueva Novela podrán permanecer incólumes después de haber rastreado y analizado pormenorizadamente cada una de estas intervenciones que, sin duda, nos plantean otro texto y por ende, incitan hacia un viaje del que no sabemos nada todavía.
Cada una de estas notas y glosas marginales son qué duda cabe, indicios de una respuesta lectora que Martínez efectúa de su propio texto: un diálogo entre La Nueva Novela como materialidad y la figuración que fluye desde la asunción crítica de su propia retoricidad. Como nunca, me parece que acá asistimos a la comprobación del viejo dictum que indica que toda obra artística moderna lleva dentro de sí misma su propia resonancia maquinal de autocrítica. En este caso, intuyo, como un juego no tan sólo lúdico y/o lúcido, sino también como desmontaje de su propia recepción. En efecto, me parece que las diversas notas e intervenciones manuscritas que efectúa Martínez, deslinda una manera o si se desea, un modo de vérselas con la potenciación de un libro que no se concluye y en que el proceso de lectura no debe ser entendido como aclaratorio de sí mismo. Acá, me parece, la abundancia de luz es oscurecer aun más los eventuales sentidos que se abren hacia la indistinción de la corriente discursiva. Las diversas notas, comentarios y glosas, pueden, en virtud de su extensión y densidad organizativa y enunciativa, llegar a rivalizar con el texto mismo y apoderarse no sólo de los márgenes propiamente dichos, sino de la parte superior e inferior de la página y de los espacios interlineales. El resultado de ese ejercicio es monstruoso y seductor. Es como en esas viejas bibliotecas donde al momento de visitarlas, nos aturde no tanto la voluminosidad laberíntica de los textos que nos asaltan en el ordenamiento de sus límites materiales o de sus esquemas de comprensión figurada, sino también esa contrabiblioteca formada por cientos y cientos de notas y apuntes marginales que sucesivas generaciones de lectores taquigrafiaron, codificaron, garabatearon o pusieron por escrito con elaboradas expresiones a lo largo, encima, debajo y entre los renglones del texto impreso.
Esta nueva edición de La Nueva Novela, se muestra como esa contrabiblioteca que se asume no sólo contra sí misma, sino también contra la montaña de exégesis, libros, ensayos y artículos que, hasta ahora han proliferado para intentar dilucidar su sentido y vinculaciones. Como contratexto que puede poner en entredicho probablemente más de alguna lectura que se ha hecho de este libro, esta nueva edición abre caminos impensados para la tarea de la recepción crítica.
No estoy en condiciones de valorar y mucho menos de interpretar el denso y vasto material que constituyen estas notas, glosas y observaciones. Hará falta mucha paciencia, mucha lucidez y, por supuesto, mucha humildad para no tirar al traste de la basura la más mínima minucia que en esta nueva edición aparece desarticulando nociones o conceptos que creíamos estabilizados.
Para finalizar esta breve intervención, sólo deseo decir que este trabajo pone en evidencia la fragilidad de nuestros mecanismos de edición y de recepción. Por supuesto que el de Martínez no es ni de lejos el último caso en la larga serie de incomprensiones, taras e irresponsabilidades editoriales y críticas que surcan nuestra sociabilidad literaria. Pienso en el moroso y accidentado trabajo de edición de la obra de Gabriela Mistral, pienso en el espasmódico trabajo editorial de la obra de Enrique Lihn hecha con más glamour que conciencia critica para establecer la fijación del texto, pienso en la inacabada edición de los escritos póstumos de Martín Cerda y así en varios más. Pero lo que aparece en todos ellos como carencia, es casi un paraíso si pensamos y advertimos que de muchos poetas, novelistas y ensayistas chilenos, no existen siquiera reediciones responsables de obras y textos que se consideran canónicos y que han salido de circulación hace mucho rato. Pienso, entre otros, en Eduardo Anguita, en Pablo de Rokha, en Rosamel del Valle, en Pedro Prado, en Ennio Moltedo y así hasta el infinito. Si es así con estos autores y varios otros, ¿qué queda para aquellos que tradicionalmente se consideraron como “autores menores” o de “segundo orden” por buena parte de la crítica literaria chilena del siglo XX? ¿dónde están esas ediciones que nos devuelvan una mirada abierta y lúcida que contradiga los, ahora anquilosados lugares comunes de una crítica que no supo leer bien? Respecto a esto, pienso en Gustavo Ossorio, Cecilia Cassanova, Boris Calderón, Cristian Huneeus, Ximena Rivera y varios/as más que, si bien, en los últimos años han sido editados con un esfuerzo tremendo por parte de gente alucinada y valiente, siguen siendo autores y autoras que aguardan en el limbo de la edición informada, analítica y verosímil.
Como lector, espero que esta nueva edición de La Nueva Novela pueda no sólo abrirnos hacia caminos interpretativos diversos, ricos y novedosos, sino que también se nos convierta en una sugestiva admonición para lo que significa la necesaria responsabilidad de leer nuestra literatura. Pues al final, editar es también otra forma de leer.

Quilpué, invierno de 2017.


jueves, 22 de junio de 2017

Geología de la memoria. La materia sensible. Antología personal de Claudia Masin


Claudia Masin nacida en 1972 es una poeta argentina que ha venido publicando desde fines de los años 90, una serie de libros de poesía que le han valido un reconocimiento no sólo en su país natal, sino también en Hispanoamérica y España donde en 2002 obtuvo con su libro La vista, el premio Casa de América. Asimismo varios de sus poemas han sido traducidos al francés, inglés y portugués cosa que muestra la paulatina y justa difusión de su obra más allá de las fronteras lingüísticas de nuestro idioma. Es desde esta perspectiva donde se puede apreciar la publicación a fines de 2015 en la editorial bonaerense Viajero Insomne del volumen que es motivo de esta nota: la antología La materia sensible, libro que hace un recorrido generoso por más de 18 años de poesía diseminada en 9 libros y que dejan entrever una sensibilidad imaginativa que hace de su fuerza lírica, un discurso que no teme abordar los más variados hitos de la experiencia como una verdadera radiografía interior. Esos hitos -el recuerdo de infancia, las presencias evocadas en esas palabras que asoman en una empatía serena y mágica para con nuestros sentidos, las imágenes de la más concentrada subjetividad ya sea invitándonos a la reflexión o abismándonos hacia la sima cavilosa de un desasosiego intenso- son eslabones de una cadena de afectos, pero también episodios de una constante rebelión, tal como apunta Masin en su nota introductoria al presente volumen: “(…) una desobediencia que nos permite rechazar el discurso adulto, patriarcal, blanco, el discurso de la normalidad (…) y abrazar el habla, la sensibilidad de la infancia antes de que seamos sometidos al proceso de embrutecimiento y desensibilización que nos permite adaptarnos al mundo”. Será de esta manera que para Masin, la poesía no es una mera adaptación al mundo que experienciamos y que desembocaría en una superficial satisfacción de asombro, sino que se trataría de hacerlo explotar hasta sus cimientos más recónditos, hasta sus entrañas más secretas, en donde las palabras no develan sino esas pasiones íntimas que se ocultan en el fondo de las cosas, en la sima abismante de cada cosa. Porque no se trata de intercambiar al mundo por poesía con sus contradicciones irresolubles en una acto de ingenuidad, sino que se trata de buscar el modo más pertinente y claro para poder sobrevivir entre las ruinas de la experiencia que, el lenguaje, asumido como esclarecimiento de sí mismo, hace de ellas, en tanto que conforman una verdadera costra de pasiones tristes y que más que consolarnos, nos hacen olvidar nuestra mismidad acosada por el desamparo y la finitud. Así, la poesía se plantea como una tarea fundamental, no de mera rememorización, sino de férrea auscultación, de perforación geológica sobre las capas del lenguaje sancionadas por el uso y que predisponen a las palabras hacia una resonancia no feliz de significados, tal vez obvios, pero superficiales y en absoluto decisivos. Es tal vez por eso que entre los títulos que reúne esta antología, resalten aquellos poemas que advierten una acción de profundización, de verdadera introspección, no tanto hacia el ámbito subjetivo de los sentires tan a la mano en un romanticismo mal entendido, sino más bien, hacia una verdadera fenomenología que inspecciona y describe lo que está en nosotros y que nos conduce a relacionarnos con las cosas y sus nombres de otra manera, de otra forma. Una poesía del reconocimiento y de la exploración, del viaje hacia abajo y de la auscultación memoriosa. En poemas tales como Geología, Grafito, Poligrafía o Resistencia por ejemplo, se puede apreciar cómo Masin lleva a cabo esa exploración, utilizando imágenes y palabras del mundo de las ciencias de la geología. Pero no se trata de “poetizar” un pretendido lenguaje científico o de hacer neologismos ingenuos como a veces encontramos en esa poesía de afán exploratorio de un Lugones o un Girondo, sino que acá, el sujeto que enuncia se asume como un niño que juega con las palabras en el uso impertinente de ellas mismas, estableciendo así, una especie de mecanismo que posee por partida doble tanto un entendimiento de sus consecuencias, como por otro la innovación lúdica del tropo. De aquella forma, esta poesía, por un lado “juega” y por otro lado, establece una relación inédita y por ende crítica con la realidad que funda al esclarecerla en el acto de decir, acto que implica tanto asombro como simultáneamente un retorno hacia una atmósfera prístina de maravillamiento. Como dice en el poema Geología: “De pequeña/ probablemente pensara que la geología/era la ciencia que enseñaba a vivir en la tierra./ Geo, tierra, logía, ciencia. Era razonable,/y desde entonces Yo voy a ser geóloga/cuando sea grande, informaba/ como quien dice voy a averiguar sola/ lo que nadie me sabe contar,/ voy a clasificar todos los géneros/ de dolor que conozco como si fueran piedras (...)”
Pero ciertamente los recursos de esta poesía se amplían desde esta base conceptual hacia universos que abarcan tanto los fragmentos de la sensibilidad explorada, como los recodos del discurso cultural que se asume como parte fidedigna de esa misma sensibilidad. Será de aquella manera que se establece una singular asociación entre poemas que dan cuenta de recuerdos de infancia o que proyectan las repercusiones de experiencias vitales de alta densidad -la muerte de un ser querido, la huida de lugares o sitios irrecuperables de una geografía tanto real como simbólica- como su intenso correlato en otros poemas que recrean a modo de fogonazo, siluetas sugestivas de films de Fasbinder o Tarkovski. Es así, por ejemplo que poemas como Paris/Texas o Una película de amor, no recrean tanto la narrativa de un cuerpo de imágenes rememoradas, sino más bien, sirven de referencia para hacer una exploración abisal en la conciencia misma del sujeto que va enunciando los avatares que le acaecen verso tras verso. Del último poema citado, estos versos me parecen reveladores: “(…) Quizás la intimidad entre dos personas dura/ lo que dura ese momento en que sabemos/ de los cuerpos y las cosas que otro amó/(...)”. Es como si esta poesía, tan cercana a los cuerpos materiales e imaginados, se viera en la necesidad de cerciorar una y otra vez el talante despojado de su propio encanto. En ese sentido, no deja de ser interesante que ello se logre con una dicción que no se adentra en aventuras formales innecesarias: verso libre, poema en prosa, verso blanco sin rima, versificación que no rehuye el ritmo del pensamiento en lo que significa desbordar desde el verso hacia el versículo, borrando seductoramente toda frontera con la prosa. De aquella manera, la voluntad formal de Masin está al servicio de la expresión, donde más que encadenarnos con el embrujo metafórico de lo extraordinario, se nos invita a una consideración sosegada y serena del fraseo verbal: una poesía carente de aspavientos, una poesía que no teme las palabras comunes o hasta mínimas, como también se aleja de las altisonantes o chillonas, una poesía que huye de la paráfrasis como de la peste -pues nos delata en aquel gesto una profunda vaciedad de aquellos que aman la grandilocuencia- y que hace de la búsqueda de la palabra justa su necesidad interior y, por ende, artística. Una poesía que asume lo político desde la comprensión de algo otro que radica en nuestra hondura subjetiva, más allá de cualquier consigna reivindicatoria, tan a la moda. Para esta poesía, nada puede ser contemplado con indiferencia, pues a descubierto que es un lente necesario para ver las cosas del mundo tal como son, no en su vociferante hipérbole o en su seducción espectacular. Esto, quizás, hace pensar que una poesía como la de Masin es una llamada profunda y vasta para recuperar lo sensible de las cosas y de la experiencia. Sensibilidad que implica adentrarse en un gesto compasivo por los seres y enseres que hacen del mundo algo más que una mera imagen.

domingo, 21 de mayo de 2017

Biblioteca


                                            
                                                        I
Durante todo febrero el asunto era intentar buscar ese anaquel viejo que mi papá habían puesto en el cuarto de atrás. Después del invierno anterior, ya no era viable dejar los libros que iba acumulando en el suelo al borde de la ventana: como toda casa antigua, el agua de lluvia entraba inmisericorde y más de algún volumen salía dañado. Por lo demás, los libros que iba juntando eran de mala calidad. Esos tomos inacabables de Ercilla, con sus colores rojos, grises, amarillos o negros, sin solapas y con un papel miserable se volvía insufrible. Pero sin duda, la tipografía era más atroz aún: una letra diminuta que hacia doler los ojos pasados apenas una media hora de lectura. Porque de eso se trataba, de leer, siempre de leer. Las vacaciones eran escasas, las rutinas familiares eran como una vivencia dantesca por su eternidad que no dejaba salida y las ocasiones para estar solo, escasas, como una mirada de bondad proveniente de una chica desconocida. Sí, se trataba de leer porque ahí había algo que no podía fallar, ahí había algo que todavía se deseaba perfecto o al menos sin la permisividad de lo que aún llamábamos “vida” y que encapsulaba con su ritmo cualquier ánimo de la índole que fuera.
Además, el viejo y solemne mueble del living ya no toleraba más habitantes: a los libros habría que agregar esas fastidiosas figurillas de porcelana, las fotos familiares, los tomos pesados e inútiles de un puñado de enciclopedias baratas y las manías de mi madre que en todo veía desorden y no toleraba los escasos libros existentes encima de sus propias chucherías.
Por eso, durante el verano, único tiempo en verdad propio para cualquier estudiante, la tarea tenía un objetivo claro y decisivo: encontrar el viejo anaquel plomo que antaño había servido para los juegos infantiles en la pieza grande, justo cuando el invierno hacía de las suyas y la humedad era insoportable en medio de tardes largas y oscuras.
Después de varios días, hallé el viejo mueble. Desvencijado, apenas destellando un gris opaco, recordatorio de haber sido pintado con un barniz escuálido hacía años, su madera, en algunos sitios carcomida por la humedad y el uso, aún se mantenía firme y como llamando a tareas más nobles que ser un mero receptáculo de ramas y restos de antiguas podas para el fuego de la chimenea. Estaba feliz. A pesar de ahora verlo en realidad más pequeño de lo que ciertamente lo imaginaba o recordaba, aquello no obstante no era un problema para llevarlo a la terraza, limpiarlo, darle un par de martillazos necesarios y de ahí raptarlo para mi pieza que pedía a gritos algo dónde poner los pocos, pero persistentes libros que iban ocupando el espacio al lado de mi cama. Todo eso, afortunadamente, no me tomó más allá de una tarde. Pero la presencia del nuevo inquilino me obligó a tomar decisiones que, no sabiéndolo en ese instante, se repetirían con los años en otros espacios y con otros muebles: qué libro privilegiar para habitar el anaquel y cuales definitivamente desterrar al cajón de los recuerdos o al solemne y viejo mueble mural del living. Al principio no fue difícil, pensando que a los quince años los libros que uno tiene son escasos y la mayoría son heredables para el hermano menor o son recuerdos de infancia. Bajo esa premisa mi querida colección de Papeluchos que iba recopilando desde los ocho años vivió su última hojeada veloz antes de ser desterrada. Lo mismo pasó con mis escasos, pero queridos volúmenes de Asterix y Obelix. Menos pesar o nostalgia me asaltó con varios ejemplares de Erase una vez el hombre. Por otra parte, con el medio centenar de ejemplares del Quijote de la Mancha en versión de cómics -sucedáneo de la versión televisiva que alguna vez dieron en los años 80-, no se me ocurrió por el momento qué hacer: en mi pieza ocupaban mucho espacio, ponerlos en el mueble del living habría sido una ofensa para mi madre que los compró religiosamente durante meses. Tal vez tenerlos en una caja, ordenados dentro de su bolsa azul, sería lo más pertinente para evitar posibles roces. Pero hubo libros por los cuales me costó mucho tomar una decisión: ¿qué hacer con Corazón de Edmundo de Amicis, De la tierra a la luna, Veinte mil leguas de viaje submarino o Viaje al centro de la tierra de Julio Verne?, ¿qué hacer con Mónica Sanders, El diario de Daniel, Alsino o El diario de Ana Frank? Todos ellos no representaban mi mundo de infancia, sino ese mar extraño que había comenzado a cruzar desde los diez u once años y con los cuales aún me sentía unido a pesar de no querer reconocerlo. Lecturas adolescentes alguien dirá. Puede ser, pero tampoco me parecía que esos títulos merecieran el exilio. Aunque varios de ellos no eran de míos en términos estrictos -llevaban el nombre de mi mamá o de mi papá en sus bordes amarillentos o un timbre que hacía alusión a la biblioteca del Hospital de Niños de Viña del Mar, sitio donde años ha, mi mamá había sido enfermera- los sentía a todos ellos como míos: en algún instante los había tomado, los había leído ya por ocio, curiosidad o por deberes escolares. Olerlos y sentir el picazón en la nariz por ese polvo invisible que se escurría por sus páginas amarillas era una experiencia que me regocijaba secretamente. Algunos traían ilustraciones y más de una tarde me quedé arrobado mirando los ojos melancólicos de Ana Frank o la mirada inquieta de los exploradores de Verne. Por eso y por otras cosas, desterrar aquellos libros de mi nuevo orden lo consideré por el momento, impropio. Además las variadas portadas, con sus colores vistosos, pensaba, agregarían algo de variedad al nuevo escenario que estaba inventando: romperían la monotonía de los grises, amarillos, rojos, cafés y negros de las áridas colecciones Ercilla que estaba dispuesto a raptar para mí solo y que, perdidas en el estante que estaba en el comedor diario, se atiborraban de pelusas o polvo, dejando en la indiferencia a toda mi gente. Por supuesto que a mi no. Tomada la decisión, a esos libros feos y torpes, les hice habitar el mismo lugar que a los que se habían salvado del exilio. Apenas hecho eso, el viejo anaquel plomo quedó casi lleno. Otra tarde ordené los diversos volúmenes que ahí había. Pero eso es otra historia. Lo importante es que sentí que mi biblioteca acababa de ser fundada.


                                                        II
Mi tía y mis primas vivieron con nosotros cuatro o cinco años. Mi prima mayor estaba suscrita al Club de Lectores de El Mercurio. Por tal motivo, cuando vinieron con sus cosas ha habitar el segundo piso de la casa, fue inevitable que también viniera la respectiva colección de libros de Ediciones Andrés Bello. Lo curioso es que rara vez yo husmeaba eso: como tantas otras cosas de mi prima, aquello era un territorio vedado. A pesar de que todos en casa ya me bromeaban por mis afanes lectores, nunca hubo entre mi prima mayor y yo alguna palabra o conversación en torno a los libros o a lo que leía o qué autor me gustaba o a ella. En fin. Quizás la diferencia de edad -veinte años- hacía lo suyo y quizás yo pasaba para ella como un primo chico amurrado y distante. Luego que mis padres y mi tía habían llegado a un acuerdo y a la inevitable mudanza, pensé que esos libros quedarían desconocidos para mí por siempre. Sin embargo no fue así. Ya estaban habitando la otra casa cuando volví a subir al segundo piso después de varios años: los espacios que siempre había considerado como míos, volvían en su vacío a pertenecerme y la soledad tantas veces invocada como una promesa de felicidad, pareciera que retornaba para restablecer ese diálogo que quedó interrumpido un otoño de varios años atrás. Pero no fue lo mismo. Ya no era un niño y si bien el segundo piso con su espaciosa libertad y sus rincones una y otra vez explorados en mis juegos infantiles invitaba a pasar como antaño, tardes enteras tendido en el piso mirando el techo con sus arañas y sus malogrados rincones, lo que de verdad atrajo mi curiosidad fueron una serie de cajas que estaban en el que había sido el dormitorio de mi prima. Sin mucho pensarlo, los hurgueteé pensando en algo prohibido. Mi impresión no fue menor al percatarme que esas cajas contenían los libros a los que nunca había tenido acceso. Al principio con timidez, luego con voracidad, los fui sacando uno tras otro: los veía al revés y al derecho, hojeaba una y otra vez sus páginas y si bien su formato era sencillo, los nombres y los títulos me llamaban la atención con una sugestiva seducción apenas perceptible. Conversé con mi papá sobre la conveniencia de llevarlos a mi dormitorio y hacerlos parte de mi biblioteca. Hasta que pasaran algunas semanas y la prima no los reclamara, poco podía hacer. Pasaron tres o cuatro semanas que fueron interminables. Al final, cumplido el plazo de eventual reclamación, en una especie de ceremonia recluté a mi hermano menor para que me ayudara a bajara las cajas y ya en mi habitación, el viejo anaquel plomo se vio desbordado con los nuevos inquilinos que eran una legión grande, vasta y misteriosa: ahí estaban Kafka y Borges, Shakespeare y Wilde, H. G. Wells y André Gide, Goethe y Azuela, Neruda y London: mi biblioteca no sólo había crecido cuantitativamente, sino también en densidad.

                                                      III
No es fácil para un estudiante universitario engrosar su biblioteca. Para mí no lo fue menos. Por un lado, los precios exorbitantes de los libros que atentan contra la economía de guerra del permanente discípulo de las lecturas, por otro lado, la voracidad con que se lee, impidiendo la discriminación razonada, voracidad que se encuentra signada por la emergencia del estatuto estudiantil: una bibliografía tras otra y no siempre de las más placenteras, interesantes o llamativas. Por lo general, esa edad en la cual la lectura debiese ser un baño tibio de gustos seleccionados para ser gozados con intensidad, pues se truca en una ducha fría que hiere la piel, prejuicia el gusto y acelera lo que debiese ser natural: esa procesión de materiales escritos que deben ser desechados porque su función sólo es ser útil por un instante. Pero una biblioteca estudiantil también se ve afectada por esas complicidades maravillosas que son encontrar amigos y compañeros con afinidades y obsesiones similares a las de uno. De ahí al intercambio de libros y a esas transacciones que terminan en alegría jubilosa o en un luto agrio hay un solo paso. El tiempo pasa y el espacio se hace pequeño: a los ya sabidos inquilinos de siempre se les agrega un nuevo personaje en principio indeseable, pero siempre necesario: el libro fotocopiado y anillado. Ninguna nobleza, ningún interés, ni color: sólo la funcionalidad para con quien no tiene el dinero para adquirir esos volúmenes caros y además efímeros que, sin embargo, se ven cooptando como una plaga no deseada los espacios reservados desde la infancia para los sueños y para aquellos libros que escogimos con una naturalidad que creemos perdida. Pero también están esos instantes en que el mundo nos ha hecho suyo: el llegar a casa con un libro nuevo, adquirido después de privaciones, juntando peso a peso, moneda a moneda y que ha sido comprado en una liquidación, en una librería de viejo o en un azaroso puesto en la plaza entre carritos de comida chatarra y vendedores de baratijas varias. El crecimiento es espasmódico y variado: novelas, poemas, filosofía, sociología. Los saberes y diversos géneros se apuntalan unos tras otros y nada adquiere relevancia, sino en el ritmo discontinuo de la sorpresa. Un día es Rimbaud y su Temporada en el infierno, otro día Rosamel del Valle y su preciada antología publicada en Monte Avila, otro día, los escritos de Heidegger sobre Hölderlin y más allá los cuentos de Cortázar junto con un deshilachado volumen de Schopenhauer que alcanzaste a rescatar de una librería de viejo. En otra ocasión, las Elegías de Duino que publica Lumen bajo la versión de Valverde que te permite al fin, tirar al basurero el manojo gris de las fotocopias roñosas que te han acompañado por un par de años. A veces la alegría de adquirir en una buena racha El arco y la lira de Octavio Paz, junto a sus poemas de Libertad bajo palabra y ser envidia de tus compañeros que perseguían esas misma edición. En otra ocasión darte cuenta entre lágrimas y rabia que la tan anhelada edición de Walter Benjamin está adulterada y le faltan las últimas treinta páginas, borroneadas y feas…
En el estudiante, la biblioteca se transforma en estación de trabajo, compañía de madrugadas infinitas y consuelo mudo ante la propia imposibilidad de leerlo todo. El anaquel plomo está atiborrado de libros de variada índole, origen y prestigio: a un lado del Werther de Goethe están los ensayos de Greimas, al lado de El proceso de Kafka, están las fotocopias de la Filosofía de la composicion de Edgar Allan Poe junto a los ensayos de Curtius que justo mañana entran en la prueba de Literatura Medieval. Entre papeles, hay fotos, entre las fotos, calendarios, entre los calendarios, lápices antiguos, muertos y acabados, entre los lápices, papeles arrugados esperando ser botados en alguna mañana de calma.
En la biblioteca del estudiante, las visitas son peligrosas y prohibitivas, sobre todo si es un amigo obsesionado como uno con los poemas de Lihn o Huidobro o con los ensayos de Nietszche: en la biblioteca del estudiante, todo es cancha y el juego puede correr riesgo de ser sucio. Mis ojos donde mis manos te vean. No hay misericordia y a pesar de haber conversaciones sazonadas con una mala cerveza o un vino no por malo, menos bebible, el asunto no es bajar la guardia para evitar al día siguiente una resaca no sólo incómoda, sino también dolorosa.
Aquí no hay orden, sino el aleatorio ritmo de la vida. Aquí no hay cálculo, sino el necesario asombro de las lecturas intransitivas y arriesgadas. Aquí el tiempo es infinito y circular y la mañana es la madrugada y la luz oscuridad, la noche como espacio de lucidez y la tarde como imposible descanso de unos ojos rojos y marchitos.