jueves, 7 de diciembre de 2017

Claro azar, mi nueva publicación





Después de tres años, vuelvo nuevamente a la palestra publicando un poema extenso en tres secciones titulado Claro azar
La imagen de portada es de la artista visual Carmen Gloria Valdebenito y el trabajo de edición estuvo a cargo del equipo de Ediciones Bogavantes de Valparaíso coordinado por Luis Riffo. A todos ellos, muchas gracias.
Pero vayan las gracias también al poeta Roberto Onell cuyas observaciones también sirvieron para enriquecer este trabajo.
Ahora a espera un par de semanas: Claro azar será presentado en la Feria Internacional del Libro de Valparaíso que se viene a partir del 21 de diciembre.
Están todos invitados

viernes, 3 de noviembre de 2017

Verano




*
Todas las calles, de cualquier ciudad, huelen en verano. De los rincones más apartados se elevan vapores que se consumen con el calor o se difuminan entre el follaje decaído que serpentea en los huecos de las veredas trizadas. A veces emergen desde un no muy lejano puente cuyo riachuelo, algo apagado, desprende un ritmo luminoso entre saltamontes, ranas y avispas. Todas las calles huelen en verano. A veces con el hedor de las noches pesadas que hicieron trastabillar a más de alguien en lo que fue quizás una felicidad pasajera. En otras ocasiones con ese aroma incendiario que se desliza entre las paredes manchadas de las casonas añejas y cuyas verjas, oxidadas, deletrean entre hábiles lagartijas, un aroma vacío y penetrante que va sinuoso bajo las miradas de un cielo de zinc. En otras ocasiones ese aroma se desliza entre los laberínticos caminos de tierra que se entrecruzan con las pocas calles de un asfalto más denso y gris. Es ahí, entre aquellos recovecos, donde se deja respirar esa atmósfera que va siendo repetida y desplazada una y otra vez por la seca brisa del mediodía, esa brisa que puede traer y con razón, noticias desde lo profundo de un patio secreto, cubierto de maleza o de un viejo portón de aquel garaje saturado de metales y ruidos que, cuando niños, apenas imaginábamos como parte de nuestra caminata. Hay veces que esos olores arrastran una pesadez que se desdice de toda delicadeza: son golpes como aquellos orines que despabilan a cualquiera al otro lado de la vieja estación, justo antes que el tren atraviese con su singular pitido, toda la zona. A veces esos olores claman desde la melancólica mirada de un perro tirado bajo un plátano oriental, como queriendo huir del calor sofocante o se escabulle, picante, desde esas matas amarillas que, entre diversas ventanas abiertas, configuran una especie de postal pasada de moda junto a ropa que aún no se ha recogido. Todas las calles huelen en verano. A veces traen los restos de una Navidad pasada, aquel olor a pino fresco ahora marchito y pútrido. Otras veces traen ese suave olor de la panadería que a las seis de la tarde anuncia la última hornada. Otras es aquel gris olor del aceite que se derrama triste entre el asfalto ya tibio. No es fácil huir de esas calles en verano. No es fácil huir de esos olores que son siempre cálidos y fuertes. Por eso, tal vez la mañana sea el instante más adecuado para intentar creer que el aire limpio de enero es real y no una mera ficción que uno imaginaría en medio de la lluvia meses después. A las seis o siete de la mañana, en un día indistinto de enero o febrero, la placidez transparente del aire no anuncia aún su futura dirección. Tampoco su eventual derrota ante los devaneos de la vida. Ya con el sólo aletear de las aves que despiertan con su chillona musicalidad, es posible advertir que el día traerá su propia atmósfera, su propia lujuria de olores que se desplegará entre suave y gruesa entre todos los rincones. Todas las calles, de cualquier ciudad, huelen en verano.

*
El patio aún no ha perdido del todo su verdor y los manzanillones se inclinan ociosos ante la seca brisa de mediodía. A veces estériles, transitan entre ellos algún abejorro extraviado o un enjambre de moscas azules. Desde lejos, el aroma de un rincón trasnochado propone una música salobre que vibra en el aire tibio. Sea como sea, es un desafío estar aquí a pleno sol: el patio, en su amplitud, se extiende de calle a calle y puede ser la región inexplorada de un aventura o el amarillento destino de insectos desconocidos y fabulosos. Sus brillos encandilan. Pero en verdad son pequeños vidrios desperdigados sin ton ni son por todo el lugar: fragmentos, pedazos transparentes y diminutos que alucinan la mirada decaída del perro que bebe lento a la sombra del parrón y bosteza perezoso. Aquí las horas pasan sin prisa y la ropa, tendida desde temprano en la mañana, está reseca entre el polvillo de las hojas que se atreven a pasear con un gesto adusto. El patio aún no ha perdido del todo su verdor. Protegida por la sombra del naranjo, la tierra todavía posee cierta humedad que recuerda la noche anterior, pequeñas gotas que con ritmo pausado, se estiran hasta evaporarse y desaparecer como por arte de magia. Mientras en las alturas del limonero varios pájaros, indolentes al calor, hacen sus nidos, en lo más bajo del suelo, hormigas infinitas se dirigen en hileras fantásticas hacia recovecos que sobresalen en la pandereta carcomida, cuya piel de gris piedra, hierve brutal y lánguida. En el patio, el mediodía es feroz y la pesadez del aire trae el rumor de una radio lejana. En esa misma pesadez la luz se vuelve opaca y lleva el anuncio de una monotonía que hace eterno el transcurrir de las miradas, el devaneo de la maleza marchita y la ociosa mirada del perro acurrucado sobre un viejo chal. El patio aún no ha perdido del todo su verdor. Pero, sin duda, con el avance de los días pronto lo hará. Por ahora sólo resta ver en el cielo esa inmensidad azul que se vuelve casi palpable. Esa inmensidad que parece la encarnación de la quietud y el desasosiego de horas que aún no se adivinan. Mientras tanto, los manzanillones jadean con el tacto de la brisa. Y desde la terraza un niño observa todo esto mientras el aire tibio anuncia un atardecer limpio, transparente. El patio aún no ha perdido del todo su verdor.

jueves, 12 de octubre de 2017

La consagración de la primavera






 
Ahora, cuando me vienes a decir que entre nosotros
la distancia es un camino que conduce a otro tiempo
y donde ya no quedan flores ni guirnaldas para Apolo,
la tentación del arrepentimiento es una variación manierista
de una mala traducción de un poema latino:
quizás la burda imitación de Persio
o tal vez una defectuosa paráfrasis de Juvenal.

En todo caso, donde el placer dibujó nuestros nombres,
yace un motivo floral que es símbolo de un presente
que deseó perpetuarse gracias a la imaginación de la sangre.
Pero tras todos esos fantasmas eruditos, para nosotros
sólo sobrevive la reticencia de lo imprevisto esculpiendo
su signo áureo y solitario: en la pérdida se ama lo perdido
y en el delirio del instante, el espejismo de la felicidad.

Así, mientras sigue circulando el precio de los días
y el depósito del sentido mengua sus activos
con cada noticia anunciando calamidades diversas,
la evocación arcádica de tus labios y tu sonrisa maliciosa
presuponen la legibilidad de otro relato,
uno apenas contado entre bastidores y donde el ritmo de la piel
y el afable azar del tacto, marcaban el ritual
consagratorio de una estación diferente: un ballet oscuro, algo salvaje,
abundante y sin propósito, similar a un centelleo de luz
confirmando el goce inacabado de todo vértigo

Ahora que entre nosotros la distancia es un camino
que conduce a la imagen de otro tiempo
y que ha capitulado a las ordalías del reconocimiento,
a la pequeña cotidianidad de las catástrofes personales
y a las soluciones prescritas por el motivo recurrente de la edad,
toda respuesta consolatoria hace de Boecio y Montaigne
un baluarte opaco que confirma sin dramatismo
que nos encontramos en otro episodio de una comedia risible y melancólica.
Mientras vamos de lugar en lugar,
aplazando el óxido del olvido con la tibieza de la noche
la primavera adolece de todo principio:
siendo todavía agosto, el agua disuelve nuestras siluetas
y los días aún retienen esa humedad que rehúsa asumir su transformación.

lunes, 9 de octubre de 2017

Arte Mayor



Tal vez no se trata de esquivar la distancia
entre lo que deseamos decir y lo que decimos realmente;
esa distancia que vuelve fecunda la contradicción
como imposibilidad de unir actos y palabras: el cuerpo herido por lo real,
la elusión permanente del signo agotado en su fiebre fin de siecle ,
la oscuridad dorada que fustiga todo pastiche modernista o de vanguardia.

Lo que se abre, se vuelve a cerrar,
la paradoja entre el poema escrito y su lectura, el descrédito
de cualquier rumor que semeje algún augurio y el fracaso
del discurso que pone en peligro nuestra estabilidad psíquica
-exilio, suicidio, locura- Artaud citado por estudiantes de postgrado
o una taxonomía del dolor que abarca espacios inconmensurables;
posibilidad e imposibilidad, la cicatriz de Ulises que redunda
en una falta de memoria, la impotencia del significado
o el lujo verbal de cualquier caligrama pasado de moda.

Tal vez no se trata de esquivar la distancia
y renunciar simplemente a la imagen y su sentido,
a las maniobras de una escritura desierta cuando el bosque ha sido talado,
el verano agoniza y los símbolos del amor son paráfrasis de usura.
Tal vez lo que hace y deshace al poema –su crisis, su asfixia- es la pérdida
de contacto con la conciencia: sólo nubarrones magallánicos,
la mirada extraviada, la inconsistencia de recursos léxicos
cuando migajas de experiencia son embotelladas en el corsé del lenguaje:
un silencio como fruta madura e indigesta.

Entre lo que deseamos decir y lo que decimos realmente
no hay conciliación: sólo lucha armada, ojos trasnochados y enrojecidos,
la piel humeante de sacrificios inútiles, la expresión subjetiva secuestrada como documento,
la euforia salvaje de lo que se asume como políticamente correcto,
el desvanecimiento de la acción en el vapor avinagrado de las conveniencias.

Mientras tanto, Pentecostés es un fragmento de infancia
recordado como una vieja ceremonia en una parroquia de provincia.

sábado, 23 de septiembre de 2017

Luis Oyarzún reflexiona antes de escribir en su Diario




Estas palabras no son mejores que otras
pero es lo que tengo como única oportunidad
para saber de mí mismo.
Lo escrito en estas páginas sólo demuestra
que no ha habido tiempo feliz sin retribución
y que la enfermedad, el dolor y el recuerdo
son nombres recurrentes para una idéntica vivencia.
Tal vez un joven olvido que cruza entre mis ojos puede traer
la presencia anterior de un perfume etéreo
como si en él existiese la posibilidad de rescatar horas perdidas
que mi cuerpo cansado entrevió como anhelo o sabor terrestre.
Pero la desilusión predice mi mirada
y señala el cuarto donde noche a noche
mi sangre transparenta la humedad de su propia extrañeza.

Me siguen los presagios –meras suposiciones
pero igualmente, gestos dispuestos para mi paulatino silencio-
las advertencias de la desazón, la maraña de los días
y el pavor insólito que jadea en mis manos
cuando deseo abrir el cofre de esas cartas que guardan una infancia ajena.
Sólo sé que el aire nocturno me ha dado su bienvenida
y que en ese reino, tocar un cuerpo es convertir el rechazo
en una indiferencia equivalente al miedo;
esa aventura sigilosa donde las escamas de la luz
hieren manos, ojos y rostro
semejando la cruel respiración de un agonizante.

A veces hay algo en la memoria que se pasea en peligro,
algo que no responde a la fidelidad de la escritura
como esa niebla extraña que permea toda exaltación
o cristaliza la esterilidad que sentimos detrás de las puertas.
Pero sé que no son mejores que otras estas palabras:
azarosas, dispuestas en el tráfago de hacer aparecer un guijarro,
una molestia antigua, el esplendor de ese paisaje
que mi piel palpó de cerca convertida en polvo o lluvia:
antecedentes, datos, fragmentos de la vida que escapan
a dirección incierta tras la certeza de saberse habitando
esta pequeña y maravillosa finitud.

Quizás debo sentir con más imaginación
o leer con mayor prestancia y pureza
la respiración de las rocas, la serenidad de las aves en el cielo
o la densidad melancólica de los árboles nocturnos.
Mientras me quemo en estas páginas,
sé que el mundo sigue su curso sin necesidad de mi presencia.

jueves, 31 de agosto de 2017

Apunte sobre un poema de Ennio Moltedo

 
En la poesía de Ennio Moltedo siempre es sugestivo ver de qué forma se articula la subjetividad. Y si bien esa articulación puede rastrearse en sinnúmero de poemas y con variantes temporales y estilísticos disímiles, vuelvo una y otra veza pensar que adquiere una fuerza y hondura expresiva muy específica en buena parte de los poemas que integran Concreto Azul (1967). Advertir de qué manera el concepto de experiencia facilita o permite aquella aprehensión, posibilitando, además, que en esta “obra” sea apreciada un arraigo que hace de lo urbano un punto de fuga que se evidencie más allá de la descripción naturalista, en pos de un tanteo imaginativo que posee a la memoria y sus mecanismos como sostenedores de su expresión, me parece un desafío lector lleno de posibilidades. Ver cómo esa expresión formalizada como poema en prosa, mostraría el afán narrativo y fundacional de la experiencia en el marco de una subjetividad cambiante y autoconsciente de su crisis, ciertamente no es nada de raro en la poesía de Moltedo: en ella se modula una memoria activa para nada nostálgica, una fragmentación de imágenes al servicio del desentrañamiento de un ahora, en absoluto un ilustración de una pérdida remota. Esto quizás conlleva a plantear el modo o la forma en que se operativiza retoricamente en la poesía de Moltedo y en especial en Concreto Azul, esa manera de decir que adquiere una configuración muy específica en tanto poema en prosa. Y en este sentido, es que este género como género exploratorio e híbrido posibilita una adecuación retórica de la narración que la vuelve la expectativa misma de relatar esa experiencia en la medida que ofrece una manera de entender el poema como un “relato sincrético” de imágenes, vivencias, objetos y lugares. El poema como “rescate” de experiencias primigenias, como un intento de transmitir al lector la vivencia perceptiva “de la primera vez”, la “primera mirada”, en un esfuerzo ver el poema como el relato que recibe su primacía inicial de entusiasmo y asombro. En general, cruza a Concreto Azul una atmósfera narrativa que va configurando sus elementos con cosas tomadas en el proceso de observación que el sujeto va teniendo al recorrer y recordar lugares y situaciones de la vivencia urbana, pero nunca de modo unilateral, es decir, nunca estableciendo las coordenadas definitivas de su sentido, abriendo siempre orificios impensados de significado que se filtran en la manera misma del poema, ya sea una imagen, ya sea un objeto, ya sea una palabra que sirve de leit-motiv y que organiza buena parte del enunciado: es como si en la narración del poema se volviera patente el asombro que nos desea transmitir esa sensación de “primera vez”: una primera vez justificada y legitimada por un mirar y por un deambular, como si se nos deseara transmitir en esta poesía la experiencia de colocarnos frente nuestro a los objetos que nombra, evoca y enumera. En aquel sentido, varios son los poemas que aluden respecto de esto la referencia a una especie de nombrar mágico que, en toda su potencia simbólica, se encuentran llenos de sugerencia. Pienso, ahora, en un poema como “Frente al mar” que, me parece, permite apreciar una genial síntesis entre descripción espacial y reflexión metapoética, síntesis que hace de la experiencia su punto equidistante para comprender el “ahora” más allá de cualquier queja alienada, o también para comprender la relación entre las cosas que el sujeto advierte en su devaneo en la periferia de lo urbano. Dice el poema:
Frente al mar
a Hugo Zambelli
Frente al mar he visto cosas poco comunes; por ejemplo, en pleno invierno, un alcatraz gigante, parado en medio de la playa, solo, y con los brazos cruzados sobre el pecho. Al acercarnos , el pájaro nos dio la espalda y comenzó a correr por la playa desierta; primero lentamente, con dificultad, luego más rápido, hasta alivianar su peso con las alas; hasta elevarse con gracia y perderse en el cielo


Este pequo poema en prosa es un desafío interpretativo: en primer término, el sujeto que enuncia acompañado por alguien, deambula por la playa en donde presencian el espectáculo de un ave -el alcatraz- que pesadamente levante vuelo hasta lograr su verdadera plenitud en el despliegue de sus aptitudes en el cielo. Si bien es un poema en apariencia, meramente descriptivo, su complejidad, entre otras cosas, radica en el intertexto al que hace alusión, pero no pasivamente, sino como respuesta y hasta como desafío. Ese intertexto es el poema “El albatros” de Baudelaire. Ahora bien, debemos tener presente que en ese poema, del autor francés el ave que evoca representa o se compara con el poeta con la intensión de transmitir como se siente frente al mundo que lo rodea, ese mundo que él puede ver de una manera diferente a como lo ven los humanos (marineros en el poema). Una manera más objetiva mientras solitariamente observa a estos hombres en su tristeza y desdichas. Para lograr esta representación el autor hace uso de dos figuras poéticas: en el verso 8 dice: ''Sus grandes alas blancas abaten tristemente como remos que arrastran sus cuerpos pegados''. Esta es una comparación entre las alas y los remos ya que estos no sirven en un lugar diferente a donde son utilizados normalmente. Al decir esto se muestra cómo el poeta se siente inútil si no se encuentra en su ''ambiente'' donde puede ser él mismo sin miedos ni angustias hacia los marineros que, en este caso, representan a la humanidad que se dedica a destruir lentamente el mundo que estos dos comparten con errores e ignorancia. El paralelismo sinonímico se hace presente en los versos 9-10 en los cuales se repite la misma idea para resaltar que cuando estos animales son bajados del cielo se tornan en seres débiles y tristes. En lo fundamental, el poema de Baudelaire es un texto que reflexiona acerca del lugar del poeta en la sociedad moderna, su incapacidad para emprender el vuelo y su relación problemática para con sus semejantes, con la sociedad en general. En Moltedo, en cambio, no hay una queja, ni una admonición: hay más bien un espíritu de curiosidad ante el evento que implica encontrarse en un espacio urbano -una playa porteña, al borde del la vía férrea- a un animal que torpemente jadea entre sus alas para querer escabullirse. Pero en ningún momento hay una relación menesterosa con el animal. El sujeto del poema observa entre compasivo y admirado la tenacidad del ave que al ser correteada por él y por su acompañante, emprende el vuelo, logrando su plena gracia de alas extendidas en ese viaje que lo llevará a otras latitudes. Varias cosas pueden desprenderse de esto. En primer lugar, el espacio -la playa- como analogía de un espacio de posibilidad, está al borde o en la periferia de lo urbano, pero circunscrito a su ley. No en vano es una playa no de recreación, ni de turismo, es una playa de esas que se encuentran en el arrabal de la ciudad. En segundo término, ese mismo espacio, habitado o más bien, cruzado en andas por el sujeto, su acompañante y el alcatraz, representan muy probablemente, por analogía, un mismo tipo de sujeto emparentado, es decir, existe la posibilidad que sea un sujeto desdoblado que se contempla a sí mismo en el ave que corretea en la arena y que se identifica con su gracia en el vuelo. En tercer término ese sujeto, que puede desdoblarse, es un sujeto que reflexiona acerca de sí mismo al evocar en la gracia voladora del animal, la gracia misma que él en tanto ser terrestre, ha perdido, pero que respecto a la relación establecida entre la necesidad y la libertad encarnada en la búsqueda hacia el aire, hacia el cielo, muestra un modo diferente de plantearse ante esa convocatoria terrestre de la periferia, pues en pleno vuelo, el ave será capaz de contemplarlo todo. En un poema como éste, apreciamos que la experiencia es restituida a pesar de la precariedad, en la posibilidad que implica la poesía. De esta forma es posible vislumbrar el despliegue de la experiencia: evoca y rememora más que lamenta o anhela. Ahora bien, este “mundo de la posibilidad” no es dócil con el quiebre de su propia crisis debido, primordialmente, a la arremetida de lo histórico como violencia, cosa ésta, sin duda, que implica replantear la validez de la percepción experiencial anterior –ya no puede ser, ya no es posible indagarla o preguntar por su “lugar”-, porque ya no es dable sostenerla en cuanto utopía presencial nacida del asombro. En la poesía que Moltedo escribirá posteriormente a partir de 1980, aquello se agudizará más y más.


sábado, 8 de julio de 2017

La Nueva Novela de Juan Luis Martínez o el desafío del contratexto


Leer bien es constatar al texto, ser equivalente al texto, una “equivalencia” que contiene los elementos cruciales de respuesta y de responsabilidad. Leer bien es participar en una reciprocidad responsable con el libro que se lee, es embarcarse en un intercambio total. Leer bien es ser leídos por lo que leemos. Es ser equivalente al libro. Así, el gesto ceremonioso de fijar la mirada, abre a ésta no sólo a la posibilidad de un sentido que se desliza múltiple en sus coordenadas, sino que implica, entre otras muchas cosas, un motivo de verdadera cortesía donde se ritualiza el desafío tanto de la imaginación como a su vez las sutiles, explícitas y necesarias estrategias que emplea la memoria para representar el encuentro con la presencia que anima el acto mismo que guía nuestros ojos y nuestros labios.
Hace aproximadamente tres semanas, Patricio González de ediciones Altazor y miembro de la Fundación Juan Luis Martínez, se contactó conmigo para invitarme a participar de esta presentación. Más allá de mi reticencia inicial -no soy especialista en la obra de Martínez, a lo sumo un admirador y un lector en ciernes- el motivo no pudo sino dejarme perplejo y despertar en mí una ineludible curiosidad: una nueva edición de carácter facsimilar de La Nueva Novela, pero esta vez reproduciendo las notas, observaciones y eventuales correcciones y comentarios que, producto de la mano del propio Martínez, surcan los márgenes y los intersticios de un ejemplar que, según tengo entendido, escapó al escrutinio de su obra y que vino a ser descubierto recién a principios de este año. Cuando Patricio me relataba por teléfono las características de dichas anotaciones, trataba de imaginar por un lado el diseño de la grafía en cuestión y sus particularidades: ¿acaso eran meras correcciones de eventuales erratas? ¿acaso tarjados de imágenes, palabras o números? ¿inclusión acaso de otros textos a modo de apostillas? ¿acaso una mera recorreción a que cualquier autor obseso con su escritura somete lo suyo cuando esto adquiere el frágil cariz de lo definitivo luego de haber sido publicado? Por otro lado, imaginaba y sospechaba si acaso en este súbito descubrimiento, como en las notas y observaciones que surcan el texto, no habría ciertamente un desliz más sutil de la ironía suprema de Martínez al incitar nuestra imaginación a constatar que La Nueva Novela tal como la que hemos conocido, no era en verdad La Nueva Novela, sino un borrador -lujoso, canonizado, objeto de culto, lectura y exégesis tremenda, pero borrador al fin- de otra Nueva Novela por leer y descubrir y que aguardaba su edición pasados ya más de veinte años desde el fallecimiento de Martínez y cuarenta desde su primera edición. Es difícil calibrar esos pensamientos cuando te comunican por teléfono cosas de un modo semejante. No niego que por un instante mi perplejidad derivó hacia un vértigo parecido, quizás, al de Borges cuando baja al subterráneo de la casa de Argentino Daneri y contempla por vez primera el Aleph y su prodigiosa simultaneidad de todas las cosas del mundo, reales o imaginarias y que, a cualquiera, sin duda, aturdiría.
Por eso, pasados algunos días y ya en posesión de un ejemplar de esta nueva edición de La Nueva Novela, el examinarla supera cualquier expectativa. Es en verdad un texto anotado con profusión. Las notas, observaciones, apostillas y comentarios, plasmadas tanto en el margen de las páginas, como en los intersticios del cuerpo principal del texto o de sus imágenes, lo complejiza y densifica y se presta para las más alucinantes especulaciones. La intervención manuscrita va desde una simple y aislada palabra que complementa o sugiere algo alrededor de un cuerpo de texto más amplio, hasta grandes glosas que se desprenden al pie de la página o a su costado convirtiéndose en verdaderos contratextos que no se limitan a ser asumidos como meros comentarios, sino más bien, como más que posibles aperturas de sentido que, me parece, invitan a ampliar, contradecir, corroborar o replantear lo que ese mismo cuerpo de texto manifiesta. Sin duda que las consecuencias hermenéuticas de todo esto están todavía por verse. En un estado tan inicial de recepción como éste, no puede calibrarse aún hasta dónde las interpretaciones que han habido de La Nueva Novela podrán permanecer incólumes después de haber rastreado y analizado pormenorizadamente cada una de estas intervenciones que, sin duda, nos plantean otro texto y por ende, incitan hacia un viaje del que no sabemos nada todavía.
Cada una de estas notas y glosas marginales son qué duda cabe, indicios de una respuesta lectora que Martínez efectúa de su propio texto: un diálogo entre La Nueva Novela como materialidad y la figuración que fluye desde la asunción crítica de su propia retoricidad. Como nunca, me parece que acá asistimos a la comprobación del viejo dictum que indica que toda obra artística moderna lleva dentro de sí misma su propia resonancia maquinal de autocrítica. En este caso, intuyo, como un juego no tan sólo lúdico y/o lúcido, sino también como desmontaje de su propia recepción. En efecto, me parece que las diversas notas e intervenciones manuscritas que efectúa Martínez, deslinda una manera o si se desea, un modo de vérselas con la potenciación de un libro que no se concluye y en que el proceso de lectura no debe ser entendido como aclaratorio de sí mismo. Acá, me parece, la abundancia de luz es oscurecer aun más los eventuales sentidos que se abren hacia la indistinción de la corriente discursiva. Las diversas notas, comentarios y glosas, pueden, en virtud de su extensión y densidad organizativa y enunciativa, llegar a rivalizar con el texto mismo y apoderarse no sólo de los márgenes propiamente dichos, sino de la parte superior e inferior de la página y de los espacios interlineales. El resultado de ese ejercicio es monstruoso y seductor. Es como en esas viejas bibliotecas donde al momento de visitarlas, nos aturde no tanto la voluminosidad laberíntica de los textos que nos asaltan en el ordenamiento de sus límites materiales o de sus esquemas de comprensión figurada, sino también esa contrabiblioteca formada por cientos y cientos de notas y apuntes marginales que sucesivas generaciones de lectores taquigrafiaron, codificaron, garabatearon o pusieron por escrito con elaboradas expresiones a lo largo, encima, debajo y entre los renglones del texto impreso.
Esta nueva edición de La Nueva Novela, se muestra como esa contrabiblioteca que se asume no sólo contra sí misma, sino también contra la montaña de exégesis, libros, ensayos y artículos que, hasta ahora han proliferado para intentar dilucidar su sentido y vinculaciones. Como contratexto que puede poner en entredicho probablemente más de alguna lectura que se ha hecho de este libro, esta nueva edición abre caminos impensados para la tarea de la recepción crítica.
No estoy en condiciones de valorar y mucho menos de interpretar el denso y vasto material que constituyen estas notas, glosas y observaciones. Hará falta mucha paciencia, mucha lucidez y, por supuesto, mucha humildad para no tirar al traste de la basura la más mínima minucia que en esta nueva edición aparece desarticulando nociones o conceptos que creíamos estabilizados.
Para finalizar esta breve intervención, sólo deseo decir que este trabajo pone en evidencia la fragilidad de nuestros mecanismos de edición y de recepción. Por supuesto que el de Martínez no es ni de lejos el último caso en la larga serie de incomprensiones, taras e irresponsabilidades editoriales y críticas que surcan nuestra sociabilidad literaria. Pienso en el moroso y accidentado trabajo de edición de la obra de Gabriela Mistral, pienso en el espasmódico trabajo editorial de la obra de Enrique Lihn hecha con más glamour que conciencia critica para establecer la fijación del texto, pienso en la inacabada edición de los escritos póstumos de Martín Cerda y así en varios más. Pero lo que aparece en todos ellos como carencia, es casi un paraíso si pensamos y advertimos que de muchos poetas, novelistas y ensayistas chilenos, no existen siquiera reediciones responsables de obras y textos que se consideran canónicos y que han salido de circulación hace mucho rato. Pienso, entre otros, en Eduardo Anguita, en Pablo de Rokha, en Rosamel del Valle, en Pedro Prado, en Ennio Moltedo y así hasta el infinito. Si es así con estos autores y varios otros, ¿qué queda para aquellos que tradicionalmente se consideraron como “autores menores” o de “segundo orden” por buena parte de la crítica literaria chilena del siglo XX? ¿dónde están esas ediciones que nos devuelvan una mirada abierta y lúcida que contradiga los, ahora anquilosados lugares comunes de una crítica que no supo leer bien? Respecto a esto, pienso en Gustavo Ossorio, Cecilia Cassanova, Boris Calderón, Cristian Huneeus, Ximena Rivera y varios/as más que, si bien, en los últimos años han sido editados con un esfuerzo tremendo por parte de gente alucinada y valiente, siguen siendo autores y autoras que aguardan en el limbo de la edición informada, analítica y verosímil.
Como lector, espero que esta nueva edición de La Nueva Novela pueda no sólo abrirnos hacia caminos interpretativos diversos, ricos y novedosos, sino que también se nos convierta en una sugestiva admonición para lo que significa la necesaria responsabilidad de leer nuestra literatura. Pues al final, editar es también otra forma de leer.

Quilpué, invierno de 2017.